lunes, 5 de agosto de 2019

Amalia, la de inagotable ternura


Hace casi cinco años una amiga me escribió una carta desde La Habana, advirtiéndome: “Una vez que llegues a La Paz y acomodes tus cosas, no dejes de visitar a Amalia de Rada, te apoyará en todo lo que necesites”. Y así fue, tomé contacto; ella esperaba expectante mi arribo.
La confianza entre ambos brotó de inmediato. Hablamos de algunas amistades comunes y, luego de indagar mis orígenes, Amalia se me presentó con unos escritos de Miguel Enríquez entre sus manos, para confesarme que había tenido el privilegio de conocer a su hermano Edgardo, “el pollo Enríquez”, detenido en Argentina en abril de 1976, trasladado a Chile en el marco del Plan Cóndor, salvajemente torturado y desaparecido hasta el día de hoy.
Nuestros muchos encuentros generalmente los llevábamos alrededor de un café, un té o una buena cena, se remitían a cuestiones históricas y políticas, a rememorar tal o cual hazaña de nuestros admirados compañeros comunistas cubanos. Aunque últimamente, a raíz de un libro que le había regalado Magdalena Cajías, Amalia insistía en hablarme del ELN chileno, de las y los compañeros con que había compartido.
Por causas que desconozco, pero que deduzco se debían a su bondad, siguió de cerca mi trabajo en Bolivia. Nunca se guardó un juicio respecto a mi labor como director editorial de La Época, primero, y de Correo del Alba, después. Me hacía saber su conformidad con algunos reportajes y artículos, y sus distancias con otros; como si siguiera al dedillo esa máxima del gran Carlos Fonseca Amador, quien decía que a los amigos se les critica de frente y elogia por la espalda.
Fue sin duda alguna la persona más feliz con la publicación del libro Tati Allende. Una revolucionaria olvidada, en abril pasado. Cada noche me llamaba para contarme episodios del texto y brindarme detalles de la trama, de las y los protagonistas, testimonios de vida que probablemente ni el autor, mi querido amigo Marco Álvarez, conozca. Me insistía que debíamos llevar un ejemplar a la tía Ana, cuestión que hicimos.
En nuestro último café, junto con entregarme –como era ya ritual– una edición del periódico del Movimiento Guevarista, Venceremos, recibió de mí el número de julio de Correo del Alba. También charlamos tendidamente de Inti Peredo y Rita Valdivia, así como de sus deseos de viajar pronto a La Habana para visitar a Adys Cupull, Froilán González e Idania Ramos. Con un brillo en los ojos me enseñó el libro que le regaló Antonio Peredo, Con las botas bien puestas, guion de su última creación teatral, donde Amalia –según entiendo– fue una invaluable colaboradora. Y aquí otra admirable virtud de la amiga, la hermosura de sentir como propios cada pequeño triunfo de quienes le rodeaban; siempre distante de la envidia y la vanidad y próxima a la modestia, generosidad y dicha.
Desde que la conocí supe que estaba frente a una heroína, a una comunista con mayúsculas, pero mi pudor se impuso a mi oficio de historiador y jamás quise interrogarla de su pasado; no sé si fue lo correcto o no, pero lo que sí sé es que me propuse cultivar una amistad sincera.
Al enterarme de su muerte pude sentir la orfandad en que quedábamos muchas y muchos, sobre todo la militancia política de la izquierda joven de Bolivia. Y, como un relampagueo, caí frente a esa reflexión de José Martí con la que hoy pudiéramos con justeza homenajearla: “Cuando hay muchos hombres sin decoro hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana”. Amalia, la de inagotable ternura, cargaba en sí el decoro y la humanidad todas.   
 
Javier Larraín

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